El bebé y la música. Sobre el origen de la poesía y la facultad mimética
ISSN 2422 7358
El bebé y la música
Sobre el origen de la poesía y la facultad mimética
Prof. Dr. Roberto C. Frenquelli
Mucho se habla de las percepciones del bebé durante el embarazo. Desde el avance de la ultrasonografía, como de otras técnicas de registro de datos sensoriales y motores, altamente refinados y complejos como las fabulosas fotografías del sueco Lennart Nilsson, también de asombrosas filmaciones.
De este modo el estudio de la vida intrauterina pasó a otro nivel, que si bien no descartó para nada las fuertes y valederas intuiciones de hombres como Rank, Reich, Spitz, Rascovsky o el propio Freud, nos permite acceder a un diferente abordaje metodológico que más que superar al anterior, lo complementa y, de alguna manera, lo trata de completar desde otro ángulo.
Vale la pena apartarnos un tanto del objeto de este texto para remarcar que nuestra consideración de otras disciplinas, aparentemente no conexas al psicoanálisis, no es una actitud para nada fatua e innecesaria. Como en el caso de los aportes de la neurofisiología, la neuropsicología, la etología y otras variantes de raigambre biológica. Estos aportes no son meramente diversos; son distintos, claro está; se apoyan en otra metodología, pero convergen en el estudio de conceptos a los que se ha abordado, a veces con mucha antelación, desde otros principios (ya sean experimentales, descriptivo comparativos, etc.). Justamente como decimos arriba: complementando, completando, coincidiendo o bien contradiciendo. Pero siempre aportando en una misma dirección. Tal como hubiera hecho el mismo fundador del psicoanálisis, siempre abierto a renovar su teoría.
Para la orientación de nuestra cátedra este es un punto fundamental. Pues en nuestro medio hay una manifiesta oposición a toda metodología que roce lo experimental, lo observacional descriptivo. Creemos en la legitimidad de nuestra propuesta. No solamente por constituir un elemental principio freudiano, el de salir a buscar con preguntas a otros campos del saber; también por lo que entendemos como una necesaria y sana confrontación con cierta postura algo fanática: aquella del centramiento a rajacincha en la idea de que los tiempos originarios son solamente asequibles por lo mitológico; como si fuera una piedra de toque esencial y primera. Esencialismo que después se traslada a una no menos férrea e intransigente concepción: la de Lenguaje ubicado como el único acceso al pensamiento y la subjetividad. La llamada postura logocéntrica, donde la versión Digital del Lenguaje sería la única posible. Nosotros suponemos la existencia de otros Lenguajes, anteriores al citado, como el caso del Lenguaje Analógico Icónico; evolutivamente anterior, intensamente grabado en los sistemas representacionales básicos, bien trabados a la Emoción; de traza indeleble, fuerte e irremplazable. Esto no implica el desmantelamiento de lo mitológico, mucho menos de la palabra. Al contrario, la ubica en un contexto relacional y evolutivo (término que uso en franca alusión a Darwin), dándole su verdadero espesor y valencia intersubjetiva. Y desde allí, estamos a un paso de pensar potentes ideas acerca de las prácticas en Psicología y Psicoanálisis. Es decir, a considerar el valor de la palabra en su justa dimensión.
Volvamos ahora, sin más vueltas por el momento, a nuestro tema. El del bebé y la música, la poesía (tanto en su sentido lato como en su aspecto creativo, de poiesis), la función mimética.
Como ya dije, es un tema a que ha tomado cierto impulso en la actualidad al calor de ciertas modas, tocando temas hasta bastardearlos como el caso de las nociones de vínculo, de empatía, de vida intrauterina. Circulan así “alegres” versiones de estos términos que merecen un trato serio, bien discriminado, so pena de caer en cierta psicología de la propaganda. Cuando operan versiones light, casi del corte new age. Es que el constante fogoneo del mercado no ha estado ausente en pos de almas que en el mejor de los casos son desprevenidas. Entonces es fácil encontrar ciertos desvíos, muchas veces irrisorios, acerca de lo que sería una crianza “natural”, “amorosa”, “sana”, “empática” o, lo que es peor, comprometiendo términos de alcances más rigurosos como el de Apego en Bowlby, vínculo y relación en Winnicott o cualquier otro autor de fuste. No obstante, como siempre, valga la expresión cercana a nuestro tema, no es bueno tirar el agua sucia junto con el bebé.
No hay dudas de las percepciones auditivas del bebé in útero, posiblemente recortadas sobre un trasfondo algo informe de la información cenestésica, tan brillantemente descripta por Spitz, como un primer período de la vida de nuevo ser. Período donde hay un suelo sensorial gredoso, cambiante, con indiscriminación. Con un bebé que aún ya en la vida extra uterina responde “en bloque”, masivamente, a los estímulos que incesantemente, sin nombre, le van llegando desde su interior y su exterior aun relativamente indivisos[1]. Sabemos que el bebé reconoce el ritmo cardíaco de su madre, lo mismo que la tonalidad de su voz, la tibieza de la estabilidad de su propio medio interno bien conectado, casi indiviso con el de su madre. Ese ambiente pasible de la invasión de grandes magnitudes estimulares es frenado por la placenta y quien la porta, es decir la madre; es el escudo protector del embarazo. Esa primera placenta será luego sustituida por otra segunda, la madre y el ambiente fuera del útero. Es la “segunda placenta”, una placenta relacional vincular. Ambas conforman barreras anti estímulos que irán conformando los peldaños que van en pos de la subjetividad.
Allí hay un elemento central para nosotros: el ritmo. Ritmos básicos, del nivel de oxígeno en sangre, de las secreciones hormonales, de las correcciones del volumen minuto sanguíneo, de los movimientos…, de la frecuencia cardíaca y respiratoria. Después de las mamadas, del acercamiento a la piel, de los movimientos al mecer la creatura, del arrullo y el canto de la canción de cuna. Surge el ritmo, con su fantástica captura del alma en sus primeros balbuceos, los del afecto que brinda seguridad, estabilidad, una cierta tendencia al placer.
Es cuando le ayuda pido a un gigante de nuestro tiempo, Nietzche, en “La gaya ciencia”:
“Existió una representación más admirable aún que quizás haya contribuido poderosamente a la formación de la poesía. En los pitagóricos, surge como doctrina filosófica y como medio del arte de la pedagogía; pero por el ritmo armónico, mucho antes de que existiesen los filósofos, se reconoció a la música la virtud de descargar las pasiones, de purificar el alma, de atenuar la ferocidad del ánimo. La receta de esta cura del alma era que cuando se pierden la tensión y la armonía precisas, no hay más que danzar siguiendo el compás del cantante”
Gracias al ritmo madre e hijo se encuentran, juntos, en sintonía relacional, cuando se mecen envueltos uno al otro; cuando la canción de cuna, donde lo que importa es la cadencia, la tonalidad, los cambios de altura, en suma, toda la textura del canto. Mucho antes que el significado semántico de las palabras! A lo que se le une, como si lo anterior fuera poco, el juego de las miradas, las sonrisas, la temperatura cutánea, el movimiento, el aire fresco, la jadeo de cada uno. Siempre recordamos: la primera geometría del alma es la topológica, la del análisis situs, de las transformaciones homeomórficas; donde madre y bebé se continúan el uno al otro sin solución de continuidad. Unión que es paradojalmente la base de la ulterior diferenciación. Cuando surgirá el espacio euclidiano, portador de las diferencias entre uno y otro, entre los ejes cartesianos. Por eso decimos que el Esquema Corporal, que el cuerpo, es uno sólo. Claro que con diferentes niveles de abstracción, superpuestos estratigráficamente, rizomáticamente vinculados. No hay un cuerpo erógeno por un lado, un cuerpo de la anatomía por el otro. Sí puede haber diferentes descripciones, una ligada a la fantasía, a lo imaginario; otra a la conciencia…; pero siempre juntas, inextricablemente juntas. Solamente la humana capacidad de generar inconsistencias hace que desde la conciencia se pueda pensar en la dicotomía entre el cuerpo erógeno y el cuerpo de la conciencia, el lenguaje y la descripción anatómica.
Y ahora, siento que es el tiempo de darle la otra mano a otro gigante, Walter Benjamín, en “La facultad mimética”, un capítulo que se encuentra en “Ensayos escogidos”:
“La naturaleza produce semejanzas. Basta con pensar en el mimetismo animal. Pero la más alta capacidad de producir semejanzas es característica del hombre. El don de percibir semejanzas, que posee, no es más que el resto rudimentario de la obligación en un tiempo violenta de asimilarse y de conducirse de conformidad con ello”
“Siempre se le ha reconocido a la facultad mimética una cierta influencia sobre la lengua. Pero ello ha ocurrido sin sistema: sin que se pensase con ello en una más remota importancia o, muchos menos, historia de la facultad mimética…”
“Así se ha dado un puesto, con el nombre de onomatopeya, al comportamiento imitativo en la formación del lenguaje. Y si la lengua, como resulta obvio, no es un sistema convenido de signos, será necesario siempre acudir a ideas que se presentan, en su forma más rudimentaria, como explicaciones onomatopéyicas”
“Toda palabra y toda lengua – se ha dicho – es onomatopéyica”
“Leer lo que nunca ha sido escrito”. Tal lectura es la más antigua: anterior a toda lengua – la lectura de las vísceras, de las estrellas o de las danzas. Más tarde se constituyeron anillos intermedios de una nueva lectura, runas y jeroglíficos. Es lógico suponer que fueran estas las fases a través de las cuales aquella facultad mimética que había sido el fundamento de la praxis oculta hizo su ingreso en la escritura y en la lengua. De tal suerte la lengua sería el estadio supremo del comportamiento mimético y el más perfecto archivo de semejanzas inmateriales: un medio al cual emigraron sin residuos las más antiguas fuerzas de producción y recepción mimética, hasta acabar con las de la magia”
Los invito a leer y volver a leer estos párrafos. Si es desde el original, mucho mejor. A leerlos siempre. Dispuestos a encontrar en ellos semejanzas inmateriales con toda la teoría psicoanalítica. En vínculo, donde la palabra emerge del suelo del psiquismo, que es lo mismo que de la subjetividad, donde la acción (“praxis oculta”) del ello buscó dejar sus marcas “sin residuos”, como “las más antiguas fuerzas” que pasando por la magia, el animismo y la religión, llegaron al pensamiento humano en su más elevado índice, la palabra. Pero nunca sin ese recorrido previo. “Leer lo que nunca ha sido escrito”, bella manera de plantear el suelo representacional, donde la Angustia Humana, en todas sus formas, busca afanosamente anclaje en la carne innominada. Pero desde esas primeras inscripciones, miméticas, elementales, muestra de la tensión por la vida, en el afán de búsqueda del otro.
Cuán cerca estamos del concepto neurofisiológico de Neuronas Espejo, de Empatía, de Intersubjetividad Primaria! Tanto que es cuando uno se da cuenta que se puede leer psicoanálisis, pero del bueno, en el propio Benjamin. Lo mismo que psicología del desarrollo o psicolingüística.
Y vamos terminando. Qué nos queda del bebé de la foto, ante el pianista? Fue un encuentro azaroso, una mañana de un día de semana de una semana cualquiera. Su padre detuvo el cochecito al notar el giro instantáneo del niño hacia la fuente sonora. Quedó absorto, deslumbrado, bailando con todo su cuerpecito encorsetado en su sillita de paseo. Sonrió levemente al notar que el pianista le miraba. Estaba manso, sereno, diría sin temor a equivocarme, que estaba feliz. Se mecía a sí mismo, pero sin ansiedad ni furia. Sus movimientos eran parsimoniosos, acompasados. Sus ojitos ojazos no paraban de comerse al pianista y, fundamentalmente, su ritmo. Éste le respondía con su magia musical, también con alguna mirada complaciente. Un buen encuentro, hubiera dicho alguien. Un encuentro en el Pasaje Pan de nuestra antigua calle Córdoba. Una vieja galería que por suerte cuenta con una idea genial: un piano dispuesto para quien quiera tocarlo. No hay dudas que siempre hay un alma dispuesta a forjarse en su música, para imprimir un ritmo, una sincronía relacional fundante. Sólo hacen falta un ejecutante, un auditor, otro que ayude al niño al detener la marcha y permitirle poner su propio tempo; los tres interactuando en forma recursiva, si se quiere rizomática. No hay ejecutante sin auditor, sin algún otro que ayude a sostener. Un pasaje por un fenómeno mimético, muy ligado al ritmo. Por fortuna, al menos esta vez, esto sucedió. Como alguien diría se produjo “un buen encuentro”. Suceso que quedará grabado en la memoria del inconsciente no reprimido, inicialmente no ligado al lenguaje y la memoria declarativa. Pero siempre presto a surgir, con su derrame de ternura que hará ciertas las palabras.
Nos quedamos con el niño y su bailecito, con su canturreo, con su captura visual de todo un paisaje arrobador donde los límites entre cada uno se tornan algo difusos. Pero donde ese suelo representacional, el de las primeras imágenes, movimientos y afectos se va delineando en una estética amorosa.
El mismo ritmo, la misma música, de un bebé de poco más de un año, que se balancea con gracejo ante la mirada cómplice del adulto que le acerca la cucharada de alimento a su boca. El niño inmediatamente comienza a abrir y cerrar sus labios, con cadencia asombrosa, surge la onomatopeya “paapá…paapá”. La papa, la comida, el gusto por gustarla. Allí, nuevamente, una síntesis entre labios, abrir y cerrar la boca, sonido, miradas, satisfacción. Sentido inicial, fundante, entre actores que desde su parcialidad van conformando una gestalt que un día se armó para el alimento. Y mañana será para el beso y la palabra.
[1] Este tipo de sensaciones, como de “fondo”, no discriminadas, componen lo que se llama cenestesia. No debe confundirse con el término de parecida escritura, cinestesia o kinestesia, que tiene que ver con la percepción del movimiento.

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