A propósito del Día del Maestro / Roberto C. Frenquelli
A propósito del Día del Maestro
Roberto C. Frenquelli
Hace unos días una chica jovencita me hizo un comentario donde unía el Positivismo con el concepto de “meritocracia”. De conversación agradable, se mostró dispuesta y, por sobre todo, con intenciones de escuchar. Hacía un pasaje directo, sin escalas, entre Comte y tan desafortunada postura. No me llamó la atención. Vivimos tiempos de indigencia, de poca o nula tendencia al estudio. No me resultó extraño pensar que su postura sería influencia de algún docente escasamente formado. La valoración del empirismo, de la experiencia, de la experimentación no ha sido nunca bien considerados en mis treinta y tantos años como docente de la Facultad de Psicología. Allí, un poco en broma, un bastante en serio, si uno desea insultar a otro no tiene casi mejor salida que decirle que es “un positivista”. Por extensión – no siento que me encuentre abusando de esta licencia del pensamiento – considero que es una moda atacar a todo lo que tenga cierta raigambre de ciencia, de algún grado de rigurosidad investigativa. No digamos de “objetividad” (aunque elegantemente anotemos objetividad entre paréntesis, poniéndola en jaque, quitándole su esencialismo).
Efectivamente era tal como sospeché. Una vez más tuve una confirmación de que con el tiempo me ha ido transformando en un “viejo garca” – ese personaje que circula por Facebook, con su decir entre sabio intolerante y puente roto -. Disimulé pues no era momento para hacerme mala propaganda. Le dije que tendría que ver un poco más sobre Positivismo, que la conexión que hacía era muy ligera, sin fundamento. Salvo que uno se prenda sin mayores prejuicios a la cuestión de “darwinismo social”, de cierto “elitismo” cientificista. Males que no pueden imputársele al Positivismo. Sería como creer que toda malignidad, toda postura odiosa, parte de una vez y para siempre de una escuela filosófica, de un momento histórico claramente definido. En este caso en la segunda mitad del siglo XIX. Habría que pensar dónde irían a parar gente como el mismo Freud, Pasteur, Bernard, Tesla, Einstein, Plank, Gropius, Mahler, Mann, Husserl, Marx y muchos miles de otros. Pues todas estas menciones tienen que ver con personas que se formaron con el imperio del zeitgeist de ese tiempo. Donde era muy difícil dejar de lado dicha corriente. Muchos menos, muchísimo menos, su idea del estudio y acabada consideración por cada temática. Eran, dicho ahora con cierta sorna, “muy objetivos” (en el sentido del respeto por el saber). Se sabe, por ejemplo, que las escuelas secundarias de aquellos tiempos, eran verdaderos templos del conocimiento. Por ejemplo, Freud leyó a Cervantes, en español, siendo muy joven.
Es cuando después de este largo rodeo, digo: “Por qué no se dejan de joder con nuestro “Positivista” Sarmiento? Si no fuera por nuestro “padre del aula” estaríamos en bolas y a los gritos. Más allá de tantas cosas que de viejo garca tenía el sanjuanino. Meritocrático será Macri, que no sabe más de “positivismo” que sobre el incremento de sus cuentas en Panamá. Que se “educó” en el Cardenal Newman. Nosotros, grasas, agarremos los libros. Que no muerden. Depongamos las consideraciones rápidas. Ser un Profesor, un Profesional de cualquier rama, exige conocer. Único mérito necesario para defender a la Patria. Festejemos, maestros y maestras, por una escuela pública, gratuita, obligatoria, laica. Una escuela que desarrolle el pensamiento crítico. Pero para criticar, primero primero, hay que saber leer y escribir.
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